Emilia, una analista de 29 años, explicó el plan con lujo de detalles: su esposo y ella ocuparían
la primera fila del piso superior del micro, esa que da al parabrisas. Allí, lejos de la mirada vigilante de choferes y pasajeros, esperarían pacientemente a que la unidad ingrese a la ruta y se apaguen las luces.

Entonces (y solo entonces) alzarían esos bolsos especiales que llevaban a los pies y correrían los cierres para revelar su verdadero contenido, ¿regalos de navidad? ¿sustancias prohibidas? No, sus mascotas, dos perras “salchicha” contrabandeadas para que los acompañen en sus vacaciones a Córdoba. Un plan maestro.

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